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Hacia la sustentabilidad. Parte I

El siglo XXI inició con una profunda difusión -por cierto postergada por mucho tiempo- del término desarrollo sustentable o sostenible. Y, es que a propósito de las divulgadas noticias sobre el fin del mundo, se planteó una necesidad penetrante de la crítica hacia nuestra convivencia con nuestro planeta. A medida que avanza éste nuevo siglo, gradualmente el discurso sobre el desarrollo sustentable ha trascendido en los círculos familiares, laborales e incluso en el ambiente político. De éste último, hemos sido testigos de un uso indiscriminado del término que ha propiciado el cuestionamiento sobre la interpretación y la praxis del que ha sido objeto éste nuevo concepto “semántico”.
Ésta confrontación entre el discurso y la práctica –por fortuna- ha dejado de ser exclusivo de los círculos de intelectuales, académicos y científicos. Ha trascendido desde los más humildes hogares, las colonias populares hasta llegar inclusive a círculos religiosos más conservadores. Y es que –como dice un buen dicho- “no más nos falta” que la degradación ambiental se le atribuya a las fuerzas del mal. Para fortuna, también las Organizaciones No Gubernamentales (ONG´s) principalmente ambientalistas, se han quitado el estigma de alarmistas, catastrofistas y locos, adjetivos calificativos que se les había adjudicado.
Además de lo ambiental, la crisis que como sociedad hemos arrastrado sobre todo en materia económica, puede verse con ejemplos de pobreza extrema, la acumulación de la riqueza en pocos y la ausencia de derechos básicos en la mayoría. Nuestra crisis es indefendible, es decir, nadie podría negar ya que los modos de vida hayan incidido en los cambios repentinos del clima, los ciclos de lluvia y, que la pobreza sea producto de la injusticia.
A juicio personal, lo anterior nos otorga no sólo el derecho bien ganado, sino, la obligación de preguntarnos si nos dirigimos por el camino correcto. Aunque nos resulte difícil, por aquello de que tan sólo pensar en cambiar implique perder el goce avances tecnológicos y comodidades, es importante reconocer nuestra situación. Si se trata de dar razones, en lo ambiental la degradación es real y no se pueden predecir las consecuencias, tampoco la hora y mucho menos la magnitud de las mismas. A manera de efecto, la biodiversidad está amenazada y con ello nuestra supervivencia que depende de ella.
Frente a los retos globales en materia ambiental, social y económica, una serie de foros y cumbres han transitado para el debate en materia de cooperación internacional. Así, la necesidad de transitar hacia la sustentabilidad se plantea como una prioridad. Las razones son muchas, son graves y las cifras son alarmantes, pero sobre todo son indignantes, porque a 37 años de la cumbre de Estocolmo, a 22 años del Informe de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (Informe Brundtland), a 17 años de la Cumbre de Río y, a 7 años de la Cumbre Mundial del Desarrollo Sostenible en Johannesburgo, los daños ambientales, las desigualdades sociales y el número de pobres no solo prevalecen, si no, se han agravado.

Tratar de encontrar los motivos por los cuales no existen cambios significativos sería un retroceso, lo mismo que culpar a uno y a otro. La dimensión de nuestra crisis requiere de nuestra actuación como consecuencia. Concluir en que los tratados internacionales y convenios en materia de cooperación han fracasado, además de aceptar que la única salida es que ya no hay solución, es otra de las maneras de retroceder mientras el tiempo vuela.

Es cierto, nos hemos cansado y pensamos que se nos muere la esperanza mientras observamos que de manera particular se actúa pero, de manera global los efectos se incrementan.

El detalle esta –creo yo- en que nos hemos confundido al querer vencer a la pobreza, el hambre, las desigualdades sociales, así como favorecer la necesidad del dinero. Muchos gobiernos se han precipitado al aprobar proyectos de desarrollo y han justificado con los efectos económicos positivos, los efectos negativos en el medio ambiente. Mientras tanto, los ciudadanos del mundo hemos legitimado estas acciones con nuestro silencio. Quizás por la ignorancia.

El escenario es quizás desalentador. El planeta Tierra recibido como herencia es el mayor de los motivos para poner en marcha las opciones que se nos han planteado desde hace ya mucho, sobre todo, para transitar verdaderamente hacia la sustentabilidad. De ello, hablaremos en los próximos escritos.

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